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All of a Sudden de Ryûsuke Hamaguchi y la revolución silenciosa de simplemente estar

Cannes, Francia, mayo de 2026.  Tantas veces nos hemos preguntado si esto que llamamos vida tiene algún sentido o explicación, a lo que hemos buscado respuestas desde todos los ángulos posibles. All of a Sudden (Francia, Japón, 2026), de Ryûsuke Hamaguchi, no pretende ofrecer ninguna. 

Lo que hace, con una paciencia y un cuidado extremos, es algo mucho más difícil: ponernos en contacto con otras humanidades, con zonas marginadas del cuerpo y del espíritu; y de ese contacto emerge algo que no es una solución, sino un don: la posibilidad de un mundo en el que, al fin, sea posible dormir en paz.

El director japonés, cuyas obras anteriores, Drive My Car y Heaven is Still Far Away ya lo han consolidado como una de las voces más reflexivas del cine contemporáneo, construye All of a Sudden en torno a los actos radicales del asombro y la desaceleración. 

No hay prisa por contar una historia, no estamos ante un cine programático. En su lugar, Hamaguchi nos sumerge en una especie de meditación, un viaje interior a través de vidas tocadas por la desmemoria y por formas de mirar el mundo que, en nuestro afán incesante por clasificarlo todo, hemos bautizado como espectro autista. 

La película se resiste en silencio a ese impulso, eligiendo la presencia sobre el diagnóstico, la plena atención sobre las categorías.

En el centro de este mundo sin prisas se encuentra Marie-Lou, interpretada por Virginie Efira, directiva de un centro de cuidado de ancianos, quien se mueve a contracorriente; plenamente consciente de que nada de lo que haga cambiará el mundo, que ninguna gran transformación la espera. 

Y, sin embargo, Marie-Lou respira un humanismo real, casi crístico en su sentido comunicativo, ofreciendo cuidado como se ofrece el aire o el amor: gratuitamente, sin transacción, como un regalo misterioso extendido al mundo sin esperar nada a cambio.

Es en este punto donde aparece una enferma terminal:  Mari Morisaki (Tao Okamoto), una directora de teatro, quien se incorpora a su vida como un regalo místico, dotando de justicia poética a la obra humanista que ha abrazado como búsqueda de sentido.

La película traza así una suerte de historia de la vida misma y, al hacerlo, parece empujarnos hacia algo que llega sin previo aviso, que simplemente sucede; como se piensa que las reverberaciones cuánticas encendieron el origen del universo, como probablemente haya aparecido la vida. Como ese amor que, cuando nos alcanza, no se anuncia, sino que simplemente es. 

Hamaguchi captura esa cualidad de emergencia repentina, aquello mismo que da título a la película, no mediante la revelación dramática, sino a través de la acumulación de gestos pequeños e íntimos.

Hay una escena, silenciosa y devastadora en su ternura, en la que el cuidado se dirige a los pies, esa zona olvidada del cuerpo que nos sostiene y carga con todo el peso de nuestro paso por el mundo. 

En All of a Sudden, acariciar los pies se convierte en un acto de restauración: el equilibrio recuperado, el sentido ofrecido a través de la bondad más simple posible. 

Entonces, el tiempo adquiere en estos momentos una dimensión sagrada, profundamente personal e irreductiblemente comunitaria.

Y, de ese tiempo sagrado, el amor surge como consecuencia natural; el arte emerge; las buenas nuevas que todos anhelamos aparecen, aunque sepamos que el propio tiempo se encargará de disolverlas. 

Esta es quizá la intuición más honesta y más generosa de la película: que lo que más importa de la vida no es permanente y que esa impermanencia no disminuye su valor.

El cine que Hamaguchi nos propone, con sus ritmos pausados, sus proporciones generosas, su fe en el silencio, es tan bello y tan emotivo que nos abraza fuera de la sala y nos acompaña por las calles de Cannes. Durante un breve tiempo, al recordar alguna escena, una sonrisa se esboza sin esfuerzo, se respira mejor y el mundo aparece en toda su belleza y en toda su esperanza. All of a Sudden nos deja preguntándonos si esta es la verdadera forma del mundo o solo un destello fugaz de lo que podría ser, y, en ese preguntarse, parece susurrarnos la película; podría emerger ese sentido que tanto anhelamos.

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