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El arzobispo que inventó el periodismo ciudadano

Óscar Romero usó un transmisor de radio AM para hacer lo que hoy prometen las plataformas digitales: dar voz a quienes no la tienen

En febrero de 1980, una bomba destruyó la única emisora de radio que decía la verdad en El Salvador. Un mes después, desde un transmisor improvisado, un arzobispo de 62 años pronunció su última homilía ante un país entero: «Ningún soldado está obligado a obedecer una orden contra la Ley de Dios. Les suplico, les ruego, les ordeno en nombre de Dios: ¡cese la represión!». Al día siguiente lo asesinaron de un disparo mientras celebraba misa. La voz se apagó. El mensaje, no.

Óscar Arnulfo Romero, canonizado en 2018 por el papa Francisco y patrono de SIGNIS, ocupa un lugar incómodo para las categorías convencionales. No fue periodista, pero fue la fuente de información más confiable de su país durante tres años. No fue activista, pero sus transmisiones dominicales en Radio YSAX —la emisora del Arzobispado de San Salvador— eran seguidas por cerca del 75 por ciento de la población rural. No dirigía una redacción, pero cada domingo documentaba, con nombres, fechas y circunstancias, las torturas, desapariciones y ejecuciones que ningún diario se atrevía a publicar. Un periodista salvadoreño lo llamó, con razón, «el periodista de los pobres».

Lo que hace extraordinariamente actual a Romero no es su martirio, sino su comprensión del poder de la comunicación. En una sociedad donde más del diez por ciento de la población era analfabeta y el acceso a la prensa escrita era un privilegio, eligió la radio: la tecnología que no exige saber leer, solo saber escuchar. Mientras los grandes medios salvadoreños operaban como altavoces del régimen militar, Romero convirtió una frecuencia AM en el único espacio informativo independiente del país. Lo hizo sin financiamiento, sin algoritmos, sin métricas de audiencia. Lo hizo con un micrófono y una convicción que hoy suena casi subversiva: que la función de comunicar es decir la verdad, especialmente cuando el poder prefiere el silencio.

Pero Romero fue más allá de informar. Educó a su audiencia para desconfiar de la propaganda. Denunció que los medios de su tiempo tenían la pluma pagada y la palabra vendida, que estaban profundamente manipulados, que distorsionaban la realidad al servicio de quienes los financiaban. Instó a su pueblo a desarrollar criterio propio: a discernir, a no creer automáticamente lo que leían o escuchaban. Formuló, desde un púlpito centroamericano en los años setenta, el programa de alfabetización mediática que las democracias del siglo XXI aún no han logrado implementar.

Su frase más célebre condensa una visión comunicativa que Silicon Valley lleva décadas prometiendo sin cumplir: «Si nos quitan la radio, si nos cierran el periódico, cada uno de ustedes tiene que ser un micrófono de Dios». Traducido al lenguaje mediático actual: cada ciudadano es un medio de comunicación. Romero anticipó la promesa del periodismo ciudadano, pero con una diferencia crucial respecto al ecosistema digital actual: en su modelo, la verdad no era negociable ni relativa, y el destinatario prioritario no era el usuario con mayor poder adquisitivo, sino el que más necesitaba ser informado.

Hoy, Radio YSAX vuelve a transmitir en el 800 AM y por internet. Jóvenes que no habían nacido cuando Romero fue asesinado se graban con el teléfono cantando sobre su legado. Pero la lección más perturbadora de su historia nos sigue conmoviendo: en una era donde la información es abundante y la verdad escasa, un hombre demostró que un solo micrófono honesto puede ser más poderoso que todo un aparato mediático al servicio de la mentira. Le costó la vida. Y sigue siendo noticia.

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