Selección oficial del Festival de Cannes 2025
Cada cierto tiempo, un cineasta o a veces un grupo de ellos parece encontrar una nueva respuesta a la interminable pregunta ¿qué es el cine?
Una de estas liturgias surgió en la sala de redacción de los Cahiers du cinéma, la legendaria revista de cine fundada por André Bazin en 1951, donde su grupo de críticos cinematográficos inventó su propia respuesta, que no fue sino una especie de herencia a lo que se conoce como neorrealismo italiano, en especial, la mayoría de los directores de esta generación se nutrieron de la forma de filmar de Roberto Rossellini.
Nouvelle vague (Nueva ola), como se conoció a este movimiento, es la nueva película de un cineasta que también ha intentado dibujar su forma particular del cine: Richard Linklater (Boyhood, Antes del amanecer).
Fiel a su entendimiento del lenguaje del cinematógrafo, Linklater crea una película de autor-no godardiana sobre la puesta en escena de Sin aliento (À bout de souffle, Francia, 1960), de Jean-Luc Godard.
Es, por supuesto, un homenaje al revolucionario director francés.
Es conmovedor verlo vivo de nuevo (a Godard), junto a los íconos de su generación: Truffaut, Chabrol, Varda, Resnais…, los que desarrollaron un cine que nos sigue influenciando y al que recurrimos en momentos de crisis como la que padecemos ahora.
A través de su mise en place, la teoría godardiana del cine se despliega en cada cita, en cada recurso que inventa, en el caos y la tensión entre productor y director. Toda una ópera a la libertad que solo el arte es capaz de generar en nosotros.
Todo el entorno de la realización fílmica de Sin aliento se cuestiona, se rebate, ante una dirección entrópica, donde respira una nueva liturgia del cine.
Contrasta esta libertad extrema de la creación con los moldes al que la propia película de Linklater, en su belleza y precisión, responde.
Linklater no renuncia a su forma de hacer cine, a sus búsquedas, para rendir homenaje a un director que hizo del caos y de la innovación un estilo que respondía orgánicamente a sus influencias, a los libros y obras que llenaban su espíritu y con los que parecía jugar una partida de pinball permanente.
Destacan en Nouvelle vague sus protagonistas. Como a Jean-Paul Belmondo y a Jean Seberg; la cámara parece amar a Aubry Dullin y a Zoey Deutch, quienes los interpretan. Y qué decir de la interiorización del personaje de Godard en el actor francés Guillaume Marbeck. Sin duda un extraordinario trabajo de casting.
Más allá de detalles formales, en el ruido de fondo de Nouvelle Vague está la propuesta existencialista y moral de este movimiento: un profundo llamado a la convicción personal y a un entendimiento del cine donde se vuelca ese horizonte misterioso que se revuelca de nosotros para intentar comunicar lo que realmente nos importa y nos conmueve.
Así, esta oda a la nueva ola que revolucionó las miradas en Europa y en el mundo, es, sobre todo, un manifiesto moral de reivindicación de la libertad y de la preminencia de lo autoral, lo que he llamado cine contemplativo, sobre lo programático: set, escenografía, maquillaje, guion, actuación, alfombras rojas, festivales de cine, campañas de mercadotecnia…
Alguien escribió en la puerta de un baño de Bruselas: Godard ha muerto, ha muerto el cine. Quizá no sea así, quizá solo es un impasse antes del advenimiento de una mirada que, como la de Godard y de otros, nos devuelvan la libertad, al tiempo que purifica una mirada petrificada en la multitud de pantallas presentes en nuestra vida cada día, todo el tiempo.
Edgar Rubio

