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TIFF 2025. Flana

(Alberto Ramos). El estatus de la mujer en la sociedad iraquí no difiere mayormente de sus contrapartes en el resto del mundo musulmán, donde el sujeto femenino es relegado, invisibilizado y con frecuencia castigado a expensas de un espurio argumento ontológico, el de su inferioridad respecto a su contraparte masculina. En Iraq, sin embargo, la violencia que entraña semejante escenario alcanza cotas escandalosas. De denunciarlo se ocupa Flana (Zahraa Ghandour), un documental en buena parte autorreferencial que desde el título remite a la causa que defiende: «flana», en dialecto iraquí, refiere a una mujer desaparecida o de identidad desconocida. 

Según se afirma en una nota al cierre del filme: «En Iraq, las niñas están con frecuencia en riesgo de ser asesinadas, en un promedio de un caso por semana. Esta situación se ve exacerbada por la ley iraquí, que permite a quienes perpetren crímenes contra estas eludir el castigo si se trata de un miembro varón de la familia. Hay muchos casos no documentados de desapariciones, y no es posible disponer de estadísticas exactas por parte del gobierno debido al ocultamiento de datos y a que el número de casos reportados es inferior al real.»

Flana se mueve entre el pasado y el presente, y su punto de partida de su indagación es una vivencia personal de la directora. Más adelante, sin embargo, esta va al encuentro de otras mujeres que, como ella y su amiga Nour, han experimentado en carne propia los abusos de una sociedad profundamente heteropatriarcal. En este sentido, memoria y testimonio se aúnan para interrogar al pasado y dar cuenta del presente a través de tres personajes, dos de ellos en cámara y otro ausente, y su relación con el infame estigma de «flana» que da título al documental.

En una primera sección, Ghandour dialoga en off con una amiga de la infancia, Nour, desaparecida a los diez años, preguntándose por su paradero. La respuesta viene de una tía de la realizadora, Hayat. Y es una historia que esta ha presenciado en innumerables ocasiones en tanto su oficio de comadrona la ubica en un momento sensible, donde por primera vez tiene lugar el rechazo familiar a los hijos de sexo femenino. De ahí la insistencia en referir al parto desde el comienzo. Así, tras un prólogo en que mujeres de negro se mueven en ralentí sobre una superficie en rojo, sugiriendo un fantasmal escenario de violencia y muerte, lo que sigue es precisamente un parto, presentado fuera de campo por una cámara frente a una puerta entreabierta. 

Cuando tenía diez años, Ghandour presenció la partida de Nour, de quien nunca volvería a saber. Ahora Hayat confirma que aquella fue repudiada dos veces, para acabar más adelante en un refugio, de donde fue raptada durante la invasión estadounidense. La última vez fue vista en una cárcel de mujeres. Borrada su identidad, Nour es solo una difusa silueta en negro, inmóvil, que se recorta a través de un cristal empañado por la suciedad. 

En una segunda instancia, Ghandour conoce a Layla, cuya suerte es el reverso de lo acontecido con Nour. Su madre abandonó el hogar, mudándose a otro pueblo. Despreciada por el padre, quien finalmente decidió expulsarla de casa, vivió en un refugio para adolescentes hasta que logró independizarse. En la actualidad, sus amigas ocupan el vacío afectivo dejado por los padres ausentes. De hecho, es ella quien reniega ahora de un posible reencuentro con ellos. Incluso ha cambiado de nombre (Natalie), renunciando así a un pasado traumático que se identifica con Layla. 

En Flana, por otra parte, los espacios adquieren una resonancia particular que enlaza con la idea del rechazo familiar y social. La sala vacía de la casa evoca a las ausentes, rescatadas ahora por la memoria oral, junto a muebles, ventanas, dibujos infantiles en las paredes, mudos testigos de otro tiempo. La filmación en planos fijos, que abarca la casi totalidad del metraje, acrecienta la sensación de un orden inflexible, de parálisis mortal. La cárcel de mujeres, por otra parte, es territorio inaccesible, tragedias personales que solo es dado observar a distancia. Y el «cementerio de las abandonadas», donde entierran a las chicas asesinadas por sus familias, ofrece una imagen escalofriante: no hay lápidas ni nombres, solo una piedra para señalar la falta abominable de haber nacido mujer, el anonimato hasta después de la muerte sustentado en la lógica infame del castigo inevitable por merecido. Tres espacios en que se materializa la desaparición del sujeto abyecto vía exclusión, confinamiento, muerte…   

Frente a ello, un personaje luminoso sirve de puente entre pasado y presente. Hayat, testigo privilegiado, tan cercana a los orígenes, a la vida que comienza, viene de otra época más abierta y liberal, a diferencia de Ghandour, nacida entre dos guerras (el enfrentamiento entre Iraq e Irán, y luego la invasión estadounidense) que allanaron el camino al renacer del fundamentalismo islámico. Hayat, que desborda simpatía ante una cámara que la contempla en sus quehaceres domésticos, encarna la esperanza de rescatar la dignidad arrebatada a la mujer iraquí, víctima de una cultura de muerte con su interminable secuela de desapariciones nunca reconocidas ni resueltas. Desde la denuncia, Flana, el documental, contribuye a nombrar esas ausencias y devolverles su humanidad.    

(reseñado en el festival de Toronto 2025)

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